Son los mismos.
Por Norberto Galaaso.
Historiador.
Mientras el sistema económico mundial cruje zamarreado por una gravísima crisis y América Latina avanza hacia su liberación y unificación, Argentina camina hacia un nuevo acto eleccionario. Más allá de etiquetas y matices, confrontarán allí dos modelos: el de la vuelta a la dependencia y el que expresa el actual gobierno que abre posibilidades al desarrollo de un proyecto de liberación.
Por debajo de las parrafadas hipócritas y de las falsedades de los grupos opositores, se percibe el sueño de los grandes poderes económicos por regresar al pasado: la Sociedad Rural y sus socios, los grandes intereses financieros y el imperialismo que influyen sobre la casi totalidad de los medios de comunicación (desde Morgan y Goldman Sachs hasta la embajada norteamericana) Allí reside la contrarrevolución, el intento de regresar a “las relaciones carnales”, a la dependencia, al país satélite organizado a favor de las minorías.
Estos intereses reaccionarios aparecen, por ahora, en dos bloques. Por un lado, el del liberalismo conservador, que no puede ocultar su gorilismo, con la Dra. Carrió a la cabeza arrastrando a buena parte de la clase media porteña y al declinante radicalismo, donde se apresuran a juntarse economistas de derecha como López Murphy o traidores como Cobos y socialistas admiradores todavía de “Norteamérico” Ghioldi. Y, por otro, el sector degradado del peronismo proveniente del menemismo desde donde Solá y Narváez trenzan poderosos intereses con un consorcio como el macrismo con viejos antecedentes contrabandistas. “Son los mismos”, decía Scalabrini Ortiz en 1955, al referirse al intento conservador de los grupos que habían entregado el país en la Década Infame. Por eso, por encima de pequeñas disidencias y de anécdotas irritantes, es preciso encontrar la herramienta que permita cerrarles el camino a su proyecto.
Alguien dirá que para ello necesitaríamos un partido revolucionario organizado, con un programa hondamente transformador y con capacidad de movilizar a las masas populares de manera tal que la victoria esté asegurada, si fuera posible con un Fidel Castro o un Perón a la cabeza. Pero lo que ocurre es que el campo popular carece hoy de un instrumento con esas características: cuenta sí con el Frente para la Victoria y con el matrimonio Kirchner que son la expresión de avances importantes en los últimos años (derechos humanos, depuración de la Corte Suprema, hundimiento del ALCA, política exterior latinoamericanista, liquidación de las AFJP, reconversión de una economía de especulación financiera en una economía de producción con disminución de la desocupación y la pobreza y otros logros importantes) Pero que no ha logrado, hasta ahora, dotarse de la fuerza suficiente para nacionalizar el comercio exterior, recuperar la renta petrolera y minera, aplicar una reforma tributaria importante, conquistar a los sectores medios para lograr la confluencia con los trabajadores y galvanizar así una fuerza política con la fuerza que se tuvo en el 45, el 69 ó el 73. Por esta razón, se ha replegado algunas veces, ha vacilado en otras, frente al ataque feroz de una derecha ensoberbecida, apoyada en su poder económico y en “los medios”. Esto provoca que quienes miran siempre la mitad vacía del vaso (lo que falta) y no la otra mitad (lo logrado) lancen cantos de sirena propios de un infantilismo de izquierda, hasta decir que Kirchner es la continuación de Menem o que “el modelo está intacto”. A ellos hay que explicarles que vivimos un momento en el cual el campo popular se está rehaciendo, se está recuperando, después de una dictadura genocida que asesinó a 30.000 cuadros y militantes, después de la frustración alfonsinista, después de la traición de la cúpula del justicialismo en los 90, después de la incapacidad de la dirigencia política para encauzar las asambleas y piquetes del 2001. Es decir, que estamos en camino y si faltan cosas que no se han podido hacer, los reaccionarios no atacan a los Kirchner por esas carencias ni por los errores que hayan cometido, sino por los aciertos, como en el caso de la resolución 125 dirigida a redistribuir el ingreso. Dos principios ayudan a ubicarse ante las próximas elecciones: ubicar al enemigo principal y conocer la correlación de fuerzas entre el campo popular y el antipopular. En función de esto hay que juntarse, dar la polémica, vigorizar las fuerzas nuestras y dar la pelea, pues ésta es la antesala del 2011 y allí debemos avanzar vigorosamente junto al resto de Latinoamérica en pro de la Liberación, la unificación y las transformaciones profundas que nuestros pueblos necesitan.
|