tapa nro 9

Año 1 - Número 4 - Diciembre de 2008.

EEUU y la crisis financiera internacional.

Ultimas imágenes del naufragio neoliberal.

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Hace apenas 100 días comenzamos a darnos cuenta que la economía global estaba en crisis. La certezas de un aumento ilimitado en los precisos de los comoditis y el crecimiento imparable de las economías emergentes dejaron paso a la triste realidad; los países centrales habían dado un gran salto hacia delante en una dinámica especulativa que se quedaba sin inercia.

Todo modelo económico tiene una intencionalidad política preexistente que define quienes van a ganar y quienes van a perder. El modelo neoliberal no fue la excepción. Durante sus casi 30 años de vigencia, el ganador fue el sector financiero en detrimento del mundo de la producción y del trabajo. El paradigma neoliberal de basa en una gran mentira: “el dinero genera dinero por sí solo”. Esto trae concentración de la riqueza y especulación permanente.
Para garantizar su existencia fue necesaria una gran obra de engaños y ocultamientos sostenida por políticos y técnicos, que serian los actores visibles de esta aventura condenada al fracaso.
Un edificio no se derrumba de un día para el otro. Primero muestra sus grietas, avisa a los habitantes que su estructura está por ceder. En muchas ocasiones la gente es alertada y las autoridades obligan a evacuar. En otras, los dueños prefieren continuar con la inercia de su vida cotidiana ignorando los indicios de un inminente derrumbe.
En esta nota haremos un recorrido por lo indicios que los arquitectos del neoliberalismo ocultaron a su pueblos, lanzados en una carrera mesiánica y suicida que termina con esta coyuntura denominada “Crisis Financiera Internacional”.

Primera grieta
En 1990, el neoliberalismo ya tenía 10 años imperando en occidente con dudosos resultados. Sin embargo, en 1991 desaparece el estado Soviético. Algo que no cabía ni en los sueños de los liberales más optimistas estaba sucediendo.
La desintegración del bloque socialista deja un vacío enorme en una contradicción entre socialismo y capitalismo que había marcado los últimos 40 años de historia universal.
El engendro neoliberal tendría que llenar ese espacio, que aunque decadente, era la doctrina reinante en Occidente.
Al igual que en España en 1936, cuando las potencias experimentaron las recetas que luego aplicarían en la Segunda Guerra Mundial, Latinoamérica fue el escenario donde se probó este modelo. Un liderazgo decadente integrado por tecnócratas de orientación liberal y caudillos de los partidos tradicionales serian los responsables de implementarlo.
El alumno ejemplar fue la Argentina de Carlos Menem y Fernando De La Rúa, la cual se caracterizó por una apertura total de la economía, la enajenación del patrimonio nacional, un alto nivel de corrupción y el alineamiento automático con los Estados Unidos.
Al final de la década, la suerte del modelo ya estaba echada. Diez años de aplicación sin anestesia del neoliberalismo habían dejado un saldo desbastador. Dejaron al Estado al borde de la desaparición. Al finalizar el gobierno de la Alianza, la Argentina carecía de moneda, la desocupación alcanzaba del 30% y algunas provincias como Río Negro y Neuquén planteaban separarse de la Nación. Mientras tanto, los bancos se fugaron con el dinero de sus clientes al exterior dejando al sistema bancario sin liquides hecho que terminó con la enajenación de los depósitos.
Ese mismo año, otro indicio evidente fue la quiebra del grupo Enrron, séptima compañía energética del mundo, la cual fue protagonista del mayor fraude en la historia bursátil de los Estados Unidos. Enrron junto a la Argentina eran el modelo de éxito a seguir, pero una tarde las acciones pasaron de 65 a sólo 0.50 centavos de dólar. Todavía sus ejecutivos están presos y los pequeños accionistas siguen en la ruina.
En el verano de 2001, llegó Jorge W. Bush a la Casa Blanca. El ensayo general del modelo había terminado en la periferia, ahora sería aplicado en el centro.

Segunda grieta
En 2001, cuando ya era evidente que el neoliberalismo era una doctrina en franca decadencia en los países periféricos, donde comenzaba a ser cuestionado por nuevos liderazgos como el de Hugo Chávez en Venezuela y Néstor Kirchner en Argentina, llega a la presidencia de los Estados Unidos (EEUU) una figura emblemática para el Partido Republicano, el hasta entonces gobernador de Texas Jorge W. Bush.
Bill Clinton, antecesor de Bush en la Casa Blanca, había administrado la economía con mano firme conteniendo las apetencias siempre desmesuradas de las corporaciones norteamericanas.
El competidor de Jorge W. Bush, el demócrata y vicepresidente de los EEUU, Al Gore tenía muy buenas perspectivas para los comicios del 2001. La elección fue tan pareja que se tardaron 40 días luego del escrutinio para determinar quién había ganado. Se contaron todos los votos en forma manual y hubo acusaciones de fraude. Los votos del estado de La Florida, gobernado por el hermano del candidato republicano Jed Bush, fueron claves.
El caso terminó en la corte Suprema de Justicia, la cual está en la actualidad integrada por muchos jueces designados durante el mandato del republicano Ronald Regan (1980-1988), padre del neoliberalismo, junto con la británica Margaret Tatcher, ex premier del Reino Unido. De más está decir, que la Corte falló a favor del republicano Jorge W. Bush y que las bases demócratas no quedaron conformes.
Durante la asunción del nuevo mandatario, un día de una pertinaz llovizna, los demócratas acudieron a denunciar el fraude. La sucesión de Jorge Bush hijo fue una catástrofe institucional.
Caía así una de las columnas paradigmáticas del orden Occidental de la posguerra, el sistema democrático bipartidista norteamericano como garante de la democracia capitalista de Occidente.
Esta perdida de confianza en la legitimidad de las instituciones en la primera economía mundial sería el primer indicio del derrumbe del capitalismo neoliberal.

Tercera grieta
Durante los primeros días de mandato del Jorge W. Bush quedó en evidencia que su liderazgo era una catástrofe en potencia. El presidente pasó los primeros 60 días recluido en su rancho en Texas. El país que todavía no se recuperaba del escándalo del fraude electoral veía como su líder estaba ausente y desvariaba ante la prensa con declaraciones sin sentido. Los republicanos no habían logrado generar consenso en torno a su proyecto económico, basado en la aplicación del neoliberalismo y, para colmo de males, su presidente era incapaz de sostener iniciativa alguna ya que más de la mitad de la población no lo reconocía como el legítimo mandatario.
El gabinete de Jorge w. Bush, integrado por veteranos de la administración Regan y Jorge Bush padre, como Donald Rumsfeld, Colin Powel y otras figuras devenidas del mundo corporativo como Gondolaza Rice, ex ejecutiva de Exxon, empresa del grupo Enrron y Dic Cheney vicepresidente y ex titular del grupo Halliburton, entre otros, llegaron a la conclusión que la única forma de retomar la iniciativa era apelar a recetas drásticas.
La receta sería una muy conocida para los latinoamericanos: “La doctrina de la seguridad nacional”. Esta doctrina, fundamentalmente represiva, fue indispensable para imponer el neoliberalismo en la región y ahora la reeditarían sus propios autores en casa, para alinear a cualquier precio al pueblo norteamericano que había votado mayoritariamente otro proyecto.
El 11 de septiembre dos aviones comerciales chocan contra las torres gemelas en el centro de Nueva York. Las autoridades estadounidenses facilitaron el accionar de un grupo históricamente ligado a la Central de Inteligencia Americana (CIA) y liderado por Osama Bin Laden cuya familia es socia de la familia Bush hasta nuestros días en el negocio petrolero.
La oligarquía norteamericana nucleada en las corporaciones empresarias atacó a su propio pueblo masacrando a millares de personas en la principal ciudad del país. Culparían a una supuesta red de terrorista de caricatura y agitarían los fantasmas más elementales para aterrorizar al pueblo norteamericano y lograr disciplinarlo mediante le pánico.
Como consecuencia de esto, el territorio sería ocupado y militarizado; las garantías constitucionales, suspendidas y todo aquel que se opusiera sería acusado de traidor a la patria.
Se abría otra grita en la sociedad norteamericana. El gendarme del mundo atacaba a su propio pueblo para garantizar los negocios de las grandes corporaciones. Las corporaciones, concientes de lo delicado de la situación, comenzaron una carrera frenética de acumulación que terminaría por destruir a la economía mundial.

Cuarta grieta
Finalmente el gran juego especulativo explotó. La economía norteamericana está colapsada. Estalló como hace 80 años atrás en la bolsa de valores de Nueva York.
Los medios del establisment acusan de la crisis a los deudores hipotecarios norteamericanos. Realmente inquietante, los trabajadores norteamericanos que habían tomado créditos para comprar su vivienda son los culpables de semejante plaga. Una vez que el sistema le presta dinero a los que realmente lo necesitan, resulta que esto lleva a la crisis total de sistemas. Lo que no se dice es por qué estos trabajadores no pudieron hacer frente a los compromisos asumidos con los bancos.
Alentadas por la falta de regulaciones, las corporaciones norteamericanas se dedicaron a deslocalizar su mano de obra en los países del Tercer Mundo en la búsqueda de bajar al máximo el costo. Surgieron así, en la frontera con México, fábricas fundamentalmente textiles, que se dedicaban a la producción de partes para la industria estadounidense.
En estas fábricas totalmente desregladas, en donde los sindicatos están prohibidos y los obreros trabajan mínimo 14 horas por sueldos de subsistencia, impera la producción a destajo, la coerción física y el trabajo infantil. Las denominarían “Máquilas”.
Las industrias automotriz, textil, informáticas, electrónicas entre otras, trasladaron millones de puestos de trabajo al Tercer Mundo mediante esta modalidad.
Otras industrias no tradicionales como los call center, destinados a la prestación de servicios de atención telefónica para empresas, también comenzaron a trasladar sus operaciones al Tercer Mundo, radicándose fundamentalmente en India.
La Argentina también participó en esta experiencia. Tras la devaluación llegaron al país millones de llamadas de Europa y Estados Unidos. Empresas como Teleperformace pasó de contar con 300 puestos a ostentar más de 3 mil en apenas unos pocos meses.
Las máquilas llegarían a la Argentina en la modalidad de grandes centros de atención telefónica que alcanzan a más de 50 mil personas que trabajan en condiciones inaceptables.
Las industrias estadounidenses que no podían deslocalizar la producción no se quisieron quedar afuera del festín. Así que inventaron una figura demonizada hasta el hartazgo, el “trabajador ilegal”. Las principales beneficiarias serían la construcción, la agricultura y la gastronomía, que se nutrieron de legiones de trabajadores que cruzaban las fronteras para escapar al hambre y la pobreza.
Esta lógica quedó desnudada cuando la administración Bush, presionada por los sectores de la extrema derecha racista norteamericana, intentó eliminar la figura del trabajador ilegal. Constructores, agricultores y gastronómicos bloquearon la medida en el Congreso con una fuerte acción de lobby. Para dejar conforme a la derecha, Bush construyó un muro en la frontera sur. 500 personas murieron intentando cruzar el muro de Berlín en toda su historia, es la misma cantidad que mueren en la frontera mexicana por años.
Los norteamericanos son el 5% de la población mundial pero consumen el 50% de los que se produce en el planeta. En su miopía, las corporaciones atentaron contra la columna vertebral de la economía norteamericana, basada en la capacidad de consumo de su mercado interno, dejando a sus trabajadores endeudados y sin empleo.
Se abría así otra grieta, de la mano de Jorge Bush: “América, la tierra de las oportunidades" dio paso a la frustración y el engaño, el famoso “sueño americano” no es más que un mero eslogan.

Quinta grieta
700.000 millones es una cifra que es clave para entender el saqueo al que fue sometida la economía norteamericana. Es el monto total del paquete de salvataje que el Congreso norteamericano dispuso para salvar a los bancos.
Coincidencia o no, el dinero gastado por los Estados Unidos para sostener la ocupación en Irak desde el 2003 es de 700.000 millones de dólares.
La guerra de Irak fue motivada por el cartel petrolero angloamericano para apropiarse del petróleo Iraki. La excusa fue la fabricación de armas de destrucción masiva por parte del régimen de Sandam Husein. Luego de terminada la primera fase de la guerra, quedó demostrado que era todo una mentira.
El conflicto en Irak es la primera guerra privatizada de la era moderna. Los contratistas como Halliburton, propiedad del Vicepresidente Dic Cheney, proveen desde armas hasta papel higiénico para consumo de los soldados yanquis en el frente irakí.
La facturación total de las empresas militares en el planeta es de 200.000 millones de los cuales 175 son gastados por los norteamericanos en Irak.
Mientras los contribuyentes norteamericanos pagan a Halliburton 700.000 millones para garantizar la democracia en Irak, Halliburton participa en el negocio de la comercialización del crudo iraki. Luego de la ocupación, el precio del crudo aumentó en una vorágine especulativa que fue de 20 a 140 dólares el barril en apenas 4 años.
Los trabajadores norteamericanos pagaron el aumento del crudo exportado por Halliburton desde Irak a los surtidores en las ciudades norteamericanas.
Como si esto no bastara, para mejorar el negocio de estas empresas, en 2004 Bush les otorgó a las corporaciones yanquis una quita de 140.000 millones en impuesto.
La aventura de EEUU terminará en uno pocos meses dejando atrás un genocidio, un país arrasado y un ejército de latinoamericanos que con Green Card volverán a un país sin posibilidad alguna de progreso.

Fuentes
Moore, Michael (2001) Estúpidos hombres blancos (Stupid white men) Ediciones B, S.A.
Gelman, Juan. Afganistán Iraq. El imperio empantanado, Planeta Arg.
Uesseler, Rolf. La Guerra como negocio Cómo las empresas militares privadas destruyen la democracia, Edigrabel, S. A (Belacqua).

 


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Revista Politica. Todos los derechos reservados. Propiedad intelectual N° 764992. La Plata, Buenos Aires, Argentina. Año 2009.