Reunión del G20
¿Por qué la expropiación?
Mucho se habla y se hablará (al menos hasta que concluya) de la próxima reunión del G20, grupo formado por las siete naciones más poderosas (G7) y los principales países “emergentes”, entre los cuales se encuentra la Argentina. El motivo de la reunión, obviamente, es la crisis económica internacional desatada por la burbuja de crédito inmobiliario en los EE.UU. Una especie de reunión de consorcio planetaria donde se va a discutir cómo salir del embrollo, por supuesto que sin hacer mucha bulla o echar demasiadas culpas sobre los responsables.
¿Qué debemos esperar de la reunión?
Tal vez en otro contexto histórico una ocasión como esta merecería nuestra alegría y esperanza, asumiendo que la idea dominante será buscar medios que -ya que no pueden impedir estos eventos- al menos moderen su impacto sobre el empleo y los ingresos populares. Pero no, no se trata de eso ni remotamente.
¿Quién, por qué, para quién?
El G20, recordemos, surgió como iniciativa de los países del Cono Sur (fundamentalmente), para resistir las pretensiones aperturistas del G7 en las discusiones de la ya casi inevitablemente difunta Ronda de Doha, convocada por la O.M.C. para avanzar hacia una mayor liberalización del comercio internacional... en los términos en que los entiende y que le conviene al mundo desarrollado: 0 apertura de los mercados agrícolas o textiles; más de lo mismo, bah.
Ahora bien, con el correr del tiempo y el advenimiento de la crisis, el G20 comenzó a transformarse en una especie de “inferiores” (en sentido futbolero) del G7, tanto más cuando algunos de sus miembros más conspicuos crecían velozmente y ya eran presentados por los medios como “las potencias del futuro”: China, la India y Brasil, en esencia. En nuestra versión regional, se agregaba Chile a Brasil (por supuesto, en tanto niña mimada del neoliberalismo). Nuestro país, en tanto, quedaba relegado por “aislado del mundo y cercano a Chávez y a Evo (Morales)”.
Pero los tiempos cambian, las burbujas explotan y cuando la explosión es muy grande, lo que hasta ayer era herejía hoy se convierte en canon… y de herejías aprendimos bastante del 2001 para acá. Así, finalmente terminamos “convocados” dada nuestra “experiencia en crisis”, con gran desazón de los medios neoliberales vernáculos y dejando de lado a algunos ex poderosos ensoberbecidos, como España, porque, como muchas veces escribí discutiendo sobre nuestra dolorosa salida de la Convertibilidad: “no fuimos los peores: apenas los primeros”.
¿Por qué tanto interés en la reunión, si hasta hace poco el G7 hacía “rancho aparte” y se limitaba a pontificar desde su Olimpo neoliberal? Porque la burbuja que inflaron la soberbia del “fin de la historia” y la sofisticada matemática financiera de los mercados globales desregulados fue tan grande, y los platos rotos son tantos, que necesitan que trabajemos juntos en la redistribución… de la pobreza (para la otra siempre llegamos tarde o se pierde en el camino la invitación, qué le vamos a hacer).
De lo que se trata, en última instancia es de cuánto, cuándo y cómo pagará cada país. Para el G7, la perinola cayó en “todos ponen” y no, como pregonan, de una reunión para definir “la nueva arquitectura financiera internacional”. La esencia del juego consiste en trabajar en pos de un lampedusiano gatopardismo que (ahora con participación más activa de los Estados – Nación) preserve el status quo y las relaciones de poder y dominación previas a la crisis. Cambiará algo, para que nada cambie (o al menos, lo intentarán).
El FMI como Ave Fénix
Si hacemos un poco de memoria (sin Chiche Gelblung, por favor), recordaremos que Tiro Loco Bush estaba a favor de desguazar al F.M.I., en especial después de que la Argentina y Brasil cancelasen sus deudas con el organismo, que parecía haber quedado obsoleto tanto como instrumento de estabilización macroeconómica mundial, como en su papel de gendarme de las políticas públicas de los países menos avanzados, caballo de Troya de las políticas dependentistas fomentadas por el Norte. Sin embargo, apenas la crisis comenzó a desplegar todo su poderío destructivo, y cuando comenzó a quedar claro que la ola neoliberal dejaría una resaca de ruinas y asolación, con corralitos en Islandia, depresión en Irlanda, recesión en el G7, etc., comenzó el “operativo clamor” para que el Fondo volviera de su letargo.
¿Hay algo nuevo bajo el sol? No, claramente, NO. Toda la información disponible, referida a la “mayor flexibilidad” de los organismos multilaterales de crédito y la consecuente “necesidad de recapitalización” apuntan, como las iniciativas para “evitar el proteccionismo” (de los países subdesarrollados, claro), a potenciar la demanda por importaciones provenientes del G7, a consolidar así la dependencia tecnológica de esas fuentes y a mantener fuertes a las cadenas de oro con que nos mantienen atados a “condicionalidades” y otras yerbas (que ahora “moderarán”).
La “capitalización” de las entidades se hará inyectándoles o dólares o euros, que luego serán enviados a los países subdesarrollados por la vía del préstamo ¿Por qué tomar deuda en moneda extranjera? Desde el punto de vista del tomador, es difícilmente explicable, ya que su país puede disponer la creación de crédito barato por vía de la política monetaria. Nos dicen que es “por las tasas, que son más baratas”; bueno, dependerá de la política cambiaria (cuanto menos se mueva el tipo de cambio, mayor el esfuerzo para pagar préstamos en pesos, por diferencia de tasas), de la eficiencia del sistema financiero, etc. En último análisis, al recibir moneda extranjera en préstamo se incentiva la demanda de los bienes que esa moneda puede comprar, fundamentalmente en el país emisor (EE.UU. o Europa) y, con el versito de que son “monedas internacionales” logran: a) que todo el mundo los financie sin pagar intereses (el dinero en billetes no genera intereses); b) incentivar indirectamente la demanda por bienes para exportación; c) imponerle a la economía importadora la necesidad de generar excedentes en esa misma moneda para pagar los intereses, o tomar un nuevo préstamo y comenzar el ciclo que lleva a la devaluación y que prepara el camino para que las empresas del mundo desarrollado compren por moneditas las que lograron desarrollarse en el país; d) cuanto mayor sea la dependencia de los préstamos en moneda extranjera y más se socave la confianza en la moneda nacional, menor la libertad del país receptor para ensayar políticas propias de desarrollo.
Resumiendo: el F.M.I resucitado y el Banco Mundial y el B.I.D. repotenciados sólo sirven a los intereses de los países que cuentan con mayoría de votos en ellos: los del G7. Mejor, a los fines del desarrollo autónomo, sería avanzar en el Banco del Sur.
Para terminar
Las políticas de desregulación financiera y libre movilidad de capitales, sumadas a la pasividad de las potencias dominantes para con los “paraísos fiscales”, permitió el surgimiento de diferentes burbujas financieras, la última (hasta el momento) es la “subprime”.
Los países desarrollados están tratando de paliar la destrucción de valor por la caída en la cotización de los activos y los incumplimientos crediticios consecuentes, inyectando dinero a manos llenas, en un intento de formar una “red de seguridad” que evite que el círculo vicioso se agudice, hasta ahora con moderado éxito. En el caso de los EE.UU., la inyección de dinero (los billetes de “la maquinita”) es tan enorme, que cada vez más analistas piensan que generará una nueva burbuja, ahora vinculada a la sobrevaluación de los bonos de ese gobierno (que hoy pagan 0% de interés, debido a la demanda sostenida que tienen). El déficit fiscal proyectado para 2009 ya se ubica en torno al 12% de su P.B.I. y las pérdidas acumuladas por la desvalorización de los activos financieros ya equivalen a la producción mundial de todo un año.
Mientras que los EE.UU. necesitan que el dólar se deprecie respecto de las otras monedas para que sus productos se abaraten y vuelvan a ser demandados, la otra “moneda de referencia” competidora, el euro, necesita exactamente lo contrario, pues Europa también está en recesión. China, entre tanto, con miles de millones de dólares acumulados en bonos del Tesoro de los EE.UU. no puede más que mirar expectante los movimientos de los dos colosos.
A diferencia de la crisis del ’30, en esta ocasión las potencias emergentes (China, India, Brasil) no son lo suficientemente grandes como para desplazar a EE.UU. y Europa, y por ende no hay nueva “moneda internacional” que pueda terciar en la brega. En términos políticos, EE.UU. ve amenazado su liderazgo mundial, pero aún puede conservarlo, más por falta de reemplazantes que por méritos propios.
Sin un país que reúna las condiciones políticas y económicas necesarias para transformarse en la nueva potencia planetaria, Europa y los EE.UU. harán lo imposible para transferir el costo del ajuste que deben hacer para adaptarse a su nuevo nivel de riqueza (transferir las pérdidas) hacia terceros países. A partir de la 2ª posguerra, el mecanismo fue la sumisión de nuestra América al “patrón dólar” y a la “inversión extranjera” (aunque eso viene de la Inglaterra del siglo XIX).
Nuestra oportunidad, como país y como integrante del MERCOSUR, reside en darnos cuenta de que son ellos quienes necesitan de nosotros, y no a la inversa, y en que ensayarán nuevos “cantos de sirena” financieros para llevarnos al juego que les conviene. Se trata de una ocasión que tal vez no se presentará de nuevo en 50 o 60 años. La anterior fue capitalizada por el peronismo, y casi llegamos a tener éxito.
El 2000 nos encontró dominados. El Bicentenario, ¿nos encontrará unidos, finalmente?.
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